Restauración del mural del Base Camp Ortiz en Tenerife

Cuando la comunidad se une para transformar un refugio de montaña

Hay proyectos que nacen de una idea sencilla y terminan convirtiéndose en algo mucho más grande.

Hace unas semanas organizamos una acción voluntaria en el Base Camp Ortiz, reuniendo a un grupo de escaladores y amantes de la montaña con un objetivo común: renovar el mural exterior y recuperar diferentes espacios del refugio, este mural lo pinté solito en la Pandemia, tengo que admitir que fue el mejor confinamiento que podría pedir.

Durante dos jornadas de trabajo, dedicamos nuestro tiempo y energía a pintar la fachada, restaurar varias zonas deterioradas y aportar una nueva imagen a un lugar muy especial para muchas personas que recorren las montañas de Tenerife.

Más que pintura

Aunque el resultado visual es importante, lo que realmente hizo especial esta experiencia fue el espíritu de colaboración que se creó entre todos los participantes.

Cada persona aportó algo diferente: tiempo, esfuerzo, habilidades, músicas, herramientas, ideas y, sobre todo, ganas de contribuir.

En una época donde muchas actividades giran alrededor de intereses individuales, resulta inspirador comprobar que todavía existen proyectos capaces de reunir a las personas alrededor de un propósito compartido.

El arte como herramienta de conexión

El mural representa valores muy vinculados al entorno del refugio: la montaña, el movimiento, el esfuerzo, la aventura y la conexión con la naturaleza.

Restaurarlo no fue solamente una cuestión estética. También fue una forma de cuidar un espacio que sirve como punto de encuentro para escaladores, senderistas, ciclistas y viajeros de todo el mundo.

Los espacios comunitarios tienen alma, y esa alma se mantiene viva gracias a las personas que deciden implicarse en su conservación.

Compartir mesa también es construir comunidad

Una parte fundamental de la experiencia fue la participación del chef Davide Russo, quien preparó excelentes comidas y cenas para todo el equipo durante los días de trabajo.

Los momentos compartidos alrededor de la mesa fueron tan importantes como las horas dedicadas a pintar. Allí surgieron conversaciones, nuevas amistades, intercambio de experiencias y muchas ideas para futuros proyectos.

Un agradecimiento colectivo

Quiero agradecer a todas las personas que participaron de manera voluntaria en esta iniciativa.

Cada pincelada, cada hora de trabajo y cada gesto de colaboración contribuyeron a mejorar un espacio que seguirá acogiendo a muchas personas en los próximos años.

Este proyecto demuestra que cuando una comunidad se organiza, incluso las acciones más sencillas pueden generar un impacto real y duradero.

Y quizás esa sea la mejor lección de todas: que los lugares especiales existen porque hay personas dispuestas a cuidarlos.

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